El Burgos no encaja goles pero le falta pegada

El Burgos arranca un valioso punto de El Molinón con la presencia de más de 1000 burgalesistas en la grada.

En el corazón de cada blanquinegro deben habitar, por lo menos, otros mil corazones más. Solo así podría entenderse el amor por un club cuyo sentimiento va más allá de lo que siente cada aficionado. Al Burgos hay que quererlo en masa, porque solo junto a quienes entienden la misma locura cobra sentido esta pasión. Algo así pudo sentirse este sábado, al ver una de las brechas de El Molinón poblada por mil corazones burgaleses. En Gijón, con la brisa del mar colándose entre las grietas del templo rojiblanco, la marea vestía de blanco y negro.

La atmósfera era espléndida en un escenario imponente, abarrotado también por la parroquia sportinguista, y el partido, como todos los que se juegan en la casa de Enrique Castro ‘Quini’, de otra categoría.

Quizá, por eso, el Burgos salió algo nervioso: preso de sus propias imprecisiones. Calero introdujo algunas variantes en el once. Como estaba previsto, la vacante de Andy en la medular la ocupó Raúl Navarro. Con la permuta del sevillano, el técnico le abrió la puerta en el lateral derecho a Borja González en su primera titularidad. Pero no fue la única. Junto a Navarro y a Mumo, Calero reforzó el mediocentro con la presencia de Atienza, sacrificando a Artola y dejando a Bermejo y Valcarce como referencias en la punta de ataque.

El objetivo era forzar al equipo de Abelardo a volcar su juego por los costados. Así empezó la partida sobre el tablero. A los 4 minutos del arranque, Zarfino peinó en exceso una falta lateral botada por Dani Queipo. En el 9, con El Molinón coreando “Ahora Quini, ahora” en recuerdo al Matador, Cote obligaba a Caro a sacar los puños en otro servicio desde la banda. Y al borde de los 10, Djuka intentaba sorprender con una vaselina.

La actividad de los locales se frenaría en seco a los 16 minutos. Borja galopó sobre el carril diestro y recogió un magistral desplazamiento de Bermejo con el que se plantó solo frente a Mariño. Su disparo a bocajarro, demasiado centrado, lo detuvo el guardameta.

Pero el frenetismo alcanzaría su máxima expresión a los 18 minutos. Ais Reig señaló penalti a favor del Sporting por un supuesto derribo de Córdoba a Cristo. El zaguero bilbaíno vio, incluso, la tarjeta amarilla. Elgezabal le reclamó al árbitro la posibilidad de revisar la acción y también fue amonestado. Cuando Djuka se disponía a golpear desde los once metros, el colegiado fue llamado por el VAR. Tras el visionado de la jugada, el árbitro valenciano rectificó: anuló el penalti y le retiró la amarilla Córdoba. Elgezabal no corrió la misma suerte.

Ese cambio de criterio pareció dar alas al Burgos, que gozó de algunos acercamientos sobre la meta rival.

Superada la media hora de juego, Queipo, uno de los más activos en el cuadro asturiano, aprovechó un centro de Otero para enganchar una volea cruzada que se marchó rozando el palo. Precisamente, el colombiano Otero pondría a prueba a José Caro a los 35 minutos, con un latigazo seco desde lejos que obligó al onubense a volar para evitar el tanto.

Una libre directo lanzado por Djuka pondría fin al primer acto.

En la segunda parte los papeles cambiaron. El Burgos se estiró y empezó a tener el control del esférico. Tanto que desde la bancada visitante comenzaron a escucharse algunos “olés”. Bermejo y Valcarce lo intentaron con dos disparos desde fuera del área. Y en el 67, una pelota se paseó por el área local tras un saque de esquina acariciado por Mumo.

Aún con todo, el Sporting continuaba sumando llegadas. Casi todas sin disparos claros, a base de centros laterales que resolvían entre Caro y la zaga burgalesista. La más clara del Sporting llegaría a los 84 minutos. Pedro se inventó un misil que no fue gol gracias a otro imperial vuelo de Caro, este más espectacular todavía que el de la primera parte. En el rachace de la prodigiosa parada, Campizano se llenó de balón y envió el redondo al anfiteatro.

Antes, Calero había dado entrada a Areso, Zabaco y Artola. El punta vasco y el carrilero navarro le otorgaron profundidad al Burgos, que acabaría el partido acechando área sportinguista. En un balón suelto, Grego Sierra no acertaría a embocar en el área pequeña a los 87 minutos. Artola pudo marcar también, en otra llegada cargada de peligro, ya en el descuento, pero su chut se marchó alto.

Al final, empate sin goles en un partido tremendamente disputado y plagado de alternativas. Botín gigante para el Burgos y para el millar de irreductibles desplazados, en un estadio del que pocos equipos sacarán rédito en lo que resta de campaña.

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