El Museo Histórico de Las Merindades acoge “Filias y fobias” durante este mes de noviembre

La Asociación Cultural de Promoción Artística y Literaria (ACPAL) ha presentado este sábado en Medina de Pomar la exposición colectiva «Filias y fobias», un proyecto surgido durante el confinamiento con la pretensión de ayudar a entender cómo, en situaciones de estrés y crisis, el ser humano vuelve a encontrar viejos terrores, odios, pasiones y amores. En definitiva, “todo lo que nos hace más vulnerables y al mismo tiempo, personas”.

Todo esto se ve reflejado en esta muestra colectiva que acoge el Museo Histórico de Las Merindades hasta el próximo 29 de noviembre. El hilo conductor de la exposición son los textos escritos por Toño Diez. Con ellos da suelta a la creatividad de los artistas participantes, en las disciplinas de pintura, fotografía y literatura. En esta muestra se exponen trabajos de: Ana Carrasco, Charo Cano, Ángel Garcus, Isabel Tovar, Chus Izquierdo, Carlos González, Jesús Redondo, Esther Tomás y Luis Alberto Romero.

En forma de filias y fobias, los miedos y pasiones ancestrales “pueden llegar a controlar y condicionar nuestra vida, o incluso pueden aparecer nuevos sentimientos que no habíamos experimentado”, señalan desde ACPAL.

En estos convulsos tiempos en los que estamos inmersos, «Filias y fobias» cobra mayor actualidad cada día que pasa. Pandemias, crisis, guerras, volcanes... Nunca es tarde ni nada es suficiente para darnos cuenta de que “la base de nuestras vidas es lo que realmente importa. Desde lo ancestral hasta lo inmediato, de lo básico a lo enredado”.

La imprescindible necesidad de acercarnos a nuestros seres queridos, besarnos, abrazarnos o simplemente vernos y tocarnos; la arrogante miseria de «vivir por encima de nuestras posibilidades»; mantenernos cuerdos en un mundo loco, o el derecho a enloquecer cuando la vida se pone cuesta arriba; tener miedo y permanecer callados; el deseo de hacer el amor desde las distancias e incluso sentir como inevitable el erotismo de la desgracia.

“Hemos llegado a aceptar que, incluso la afectividad imperiosa por acompañar en la muerte, puede ser sustituida por un frío adiós en soledad y silencio. Y que nada -absolutamente nada- nos salvará de nosotros mismos”.

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